jueves, 4 de febrero de 2010

El Reclinatorio y Velazquez




Mientras reposo en mi catrera, respirando el aire calido que entra por mi ventana, mientras me seco el sudor y pienso en el fin del mundo, sin luz, un calor infernal y el canto de las palomas presagiando lo peor, solo falta la radio sintonizada en algún partidito y cartón lleno, pero esto no tiene nada que ver con lo que quiero contar, es que hace unos días revisando papeles viejos, encontré algunas fotos de la casa de Madrid, y mi trajeron el recuerdo de aquella hazaña del traslado del reclinatorio hasta la calle Segovia en el Barrio de Los Austrias, solía bajar los tres pisos y recorrer las callecitas de piedra que me rodeaban entre tanta piedra ventanales y farolas entre tanta historia, es como un viaje en el tiempo, en el recorrido siempre te topas con pequeñas plazas, algunas con un solo árbol como la del Alamillo, con algún banquito donde descansar y observar la infinidad de ventanas que te rodean. Subiendo y bajando pequeñas escaleras vas atravesando todo el casco viejo, en las fachadas surgen bares, portales antiguos, una carbonería, imprentas y entremezclado, locales de diseño, de todo…

Yo esa tarde caminé hasta el barrio de Santo Domingo, pasé por el Teatro Real, me gusta ese barrio porque esta lleno de tiendas de instrumentos musicales y en el recorrido visitaba varias tiendas de Luthiers y locales de antigüedades. Esa tarde en Santo Domingo recorrí un montón de lugares chusmeando y molestando a los vendedores con la ilusión de comprar algo, cuerdas unos palillos algún cable, boludeces.

Estaba tan contento paseando que decidí cortarme el pelo, cosa que me resisto bastante, igual busque una peluquería, Madrid esta lleno de peluquerías, pregunte y encontré varias, hasta que me decidí por una muy pequeña pero colorida, entré y como yo soy fanático del reciclado, esta me vino de diez, lleno de muebles y toda empapelada por completo, piso techos paredes, todo con hojas de revistas, un quilombo pero con onda, y me senté nomás a esperar mi turno, delante tenia una chica cortándose que vino bien para que el peluquero se presentara y yo a el, le alabé algunas chucherías que tenia para que se ponga contento, no me gusta hacer enojar a los peluqueros.

Algo que me llamó la atención era el mueble que usaba delante de las butacas, era una pieza de madera larga con mucho cuerpo y sostenida por tres pies también anchos todos trabajados, tenia un metro mas o menos de alto por cuatro de largo y ocupaba toda una pared. En la parte de arriba le habían colocado una plancha de acero inoxidable donde apoyaba elementos de peluquería, tanto mirarlo que me pregunto si me gustaba, es una técnica que fui desarrollando con los años, te gusta, me pregunto, mira?, dijo y habló, este es una banco reclinatorio, lo rescate de una pila de cosas y muebles que sacaron de una vieja iglesia que esta a unas pocas cuadras de aquí y que estaban por restaurar. Se notaba que era una pieza antigua, por el trabajo en la madera y por el color, y si, me gustaba, y siguió hablando, yo estoy queriendo renovar un poco el salón y esto lo voy a sacar a la calle. Ahí nomás le propuse que me lo guarde unos días para organizarme, que yo lo pasaba a buscar para llevarlo al piso de calle Segovia que me entraba justo en el salón y bla bla...

La cuestión era como trasladarlo, pasó el día y quedé con la espina, me lo guardaba unos días pero esas cosas van a la calle y listo, los gitanos se encargan no pierden ni un minuto, cuestión que al otro día tome coraje y fui a buscarlo, el peluquero me ayudo a sacarlo y de ahí en mas quede yo ante la barra de madera y la calle en fuga, primero le tanteé el peso y me di cuenta que estaba ante una locura mas mía por el capricho de juntar cosas, da igual, la barra me gustaba.

La casa de Segovia siempre daba para remplazar muebles, tenía muchas habitaciones y rincones para decorar y mis compañeros de piso también se copaban con decorar y eso, pero esta vez es algo muy pesado y estoy por lo menos a quince cuadras de casa cruzando todo el centro, en Madrid, caminar quince cuadras es como caminar un par en baires, acá todo se hace caminando o andando como dice el madrileño la ciudad se disfruta mejor andándola, así que cargue la viga atrás de mi nuca balanceé el peso y con mis brazos fui controlando el vaivén, y entré a caminar, nunca se me paso por la cabeza buscar alguna camioneta, una por la guita y otra porque si lo pensaba mucho no lo buscaba, aunque después de un par de cuadras empecé a arrepentirme, igual fui descansando cada cuadra y me sentaba a ver pasar la gente, en un momento del recorrido llegué a una placita ya cerca de casa, me senté en el reclinatorio y mientras rezaba me quede a ver como unos obreros levantaban el suelo de la plaza, habían levantado todo el suelo de la plaza y habían encontrado unas ruinas supuestamente de la iglesia que estaba a unos metros y que trasladaron en otra época, según unos arqueólogos que acompañaban a los obreros, estaban buscando los restos de Velazquez que venían buscado desde hace rato y no tienen idea donde esta enterrado, desde donde estoy se pueden ver la tumbas y los restos de huesos de muchos cuerpos que quedaban descubiertos, sentado esperando que encuentren a Velazquez, recuperé fuerzas para el ultimo tramo, volví a cargar la viga, cruce la calle mayor llena de gente y de coches, sin duda era la imagen viva de Jesucristo llevando la cruz.

Al final llegué y también me agote no tenia mas fuerza para subir los tres pisos a si que decidí dejarla en la calle, por unos minutos la miré desde el balcón y bajé a buscarla.

Ahora el reclinatorio reposa en el curto piso en casa de Gloria y lo tiene lleno de libros y cositas que junta. Esta es la historia del reclinatorio que como muchas otras historias similares me traen recuerdos de Madrid, sus calles, su gente, sus desechos y yo cargando muebles sin parar

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